Salud mental y política en Paraguay: pensar lo sensible para generar lo común

En un contexto político marcado por la desconfianza, la fragmentación y el desgaste emocional, pensar la política desde la salud mental se vuelve no solo pertinente, sino urgente. Esa fue la invitación central de la entrevista realizada en el programa Proyecto País de Radio Fe y Alegría, conducido por Galo Bogarín, al Medico Psiquíatra Antropólogo y referente en salud mental comunitaria Agustín Barúa.

Manifestación política en Paraguay - Radio Fe y Alegría

A lo largo de una conversación profunda y reflexiva, Barúa propuso claves para comprender cómo los vínculos, las emociones y las formas de organización influyen directamente en lo cultural político paraguayo y en la posibilidad —o imposibilidad— de construir lo común.

Grupos, tareas y vínculos: cuando la política enferma

Uno de los primeros ejes abordados fue la manera en que funcionan los grupos políticos y sociales. Desde la psicología social, Barúa retomó al autor Enrique Pichon-Rivière para explicar que todo grupo debe pensarse desde dos dimensiones inseparables: la tarea y los vínculos.

“Cuando uno piensa en un grupo tiene que pensar en dos aspectos: cuál es su tarea, su objetivo, y sobre qué red de vínculos y relaciones se construye cotidianamente esa tarea”.

En Paraguay —advirtió— existe una dificultad histórica para procesar los conflictos vinculares. La herencia autoritaria, el daño a los procesos organizativos y la censura de la diferencia generan grupos donde los conflictos se estancan y se vuelven crónicos.

“Todo grupo humano tiene conflictos. El problema no es que existan, sino que se estanquen, se repitan y se fijen. Ahí hablamos de un grupo enfermo”.

Ansiedad paranoide y desconfianza como norma

Agusto Barúa

Agustín Barúa

Otro concepto clave fue el de ansiedad paranoide, desarrollado por la psicoanalista Melanie Klein. Barúa lo describió como una experiencia cotidiana de desconfianza permanente, marcada por la vigilancia, la sospecha y la exigencia de lealtad absoluta.

“Es vivir en un estado de desconfianza crónica: ‘Si no estás conmigo, estás en mi contra’. Incluso la abstención es vista como una amenaza”.

Según el entrevistado, esta lógica está profundamente naturalizada en nuestro país con un alto costo emocional.

Nos hemos acostumbrado a vivir en desconfianza permanente, pero el costo en salud mental es enorme. Sin confianza, nos condenamos al malestar”.

La emoción como motor político, no como debilidad

Barúa cuestionó la desvalorización de lo emocional en la esfera pública y política, donde suele asociarse la emoción con debilidad o irracionalidad.

Somos seres primariamente emocionales. Cuando nos ponemos de espaldas a lo emocional, nos quedamos sin brújula”.

En especial, señaló cómo en la cultura masculina solo se legitima el enojo, mientras emociones como la tristeza, el miedo o la confusión quedan bloqueadas.

La única emoción permitida muchas veces es el enojo, y eso tranca los procesos de construcción y daña la salud mental individual y colectiva”.

Violencia moral y superioridad de las ideas

Otro de los puntos centrales fue lo que Barúa denomina violencia moral: la pretensión de superioridad de las propias ideas sobre las de los demás.

“Cuando creo que solo mis ideas valen, dejo de poder discutirlas, problematizarlas o aprender de la diferencia”.

Esta lógica —explicó— termina expulsando, fragmentando y cerrando posibilidades de construcción colectiva,.

Conversar: silencio, escucha y pregunta

Como propuesta concreta, Barúa subrayó la importancia de mejorar la calidad de las conversaciones políticas y sociales. Para ello, destacó tres componentes fundamentales: silencio, escucha y pregunta.

“Escuchar no es preparar el contraataque. Escuchar es abrirse a lo diferente”.

La pregunta, añadió, debe estar atravesada por la inocencia y la curiosidad genuina, reconociendo al otro como un interlocutor legítimo que tiene algo valioso para aportar.

Sufrimientos institucionales: chisme y grupismo

En el tramo final, el entrevistado se refirió a los sufrimientos institucionales, visibles en climas institucionales autoritarios con relaciones de poder abusivas. Allí surgen prácticas compensatorias como el chisme y el grupismo.

“El chisme aparece cuando no se puede hablar directamente. El grupismo surge como refugio ante instituciones que no generan confianza”.

Estas dinámicas, advirtió, ocultan los problemas de fondo y perpetúan el malestar.

No estamos condenados al sufrimiento

Lejos de un diagnóstico pesimista, Barúa cerró la entrevista con un mensaje esperanzador:

No estamos condenados al sufrimiento eterno, ni a las rupturas constantes. La salud mental desde esta perspectiva* es un componente clave para los procesos organizativos y políticos”.

Pensar la política desde los vínculos, la emoción y el cuidado mutuo aparece, así como un desafío urgente para sanar lo común y reconstruir la confianza en la vida colectiva.

* El modelo Ejedesencuadrá centrado en lo comunitario, en los derechos y en la valorización de las diferencias.

viernes, 23 de enero de 2026